En estos días aciagos de pandemia en que el mundo se aproxima estrepitosamente al abismo, no faltan locos que piensan que sacar provecho de la incertidumbre de la gente, es una opción válida y legítima. Hasta el menos avezado comerciante se desprende de un catálogo de productos imprescindibles para sobrevivir al ¨corona – apocalipsis¨, tapabocas; caretas; guantes; ungüentos; y hasta ¨chiquiadores¨.  Los mexicanos (como siempre) en tiempos de crisis, confiamos en nuestra buena suerte o en su defecto, en la intervención divina. El fetiche religioso que tenga bien brindarnos  un poco de protección e identidad, será el responsable de nuestra seguridad y en caso de fallar, será degradado del ¨hit parade¨ y condenado al ostracismo. 

La verdad es que los mexicanos y mexicanas no se toman en serio nada, ni la muerte. A pesar de conocer de primera mano las causas, efectos y consecuencias de la exposición al covid – 19, la población se resiste a compartir las medidas sugeridas por los encargados para contener los contagios, la gente ha resuelto que mientras la incertidumbre prevalezca, cada cual puede hacer como que la virgen le habla y el virus pasará de largo. No sé cómo será en otros países pero aquí, las personas ya están aburridas de estar en casa conviviendo con su familia y viendo televisión. Es algo que comúnmente hacen, pero no de forma obligada.

Los gobiernos se encuentran rebasados  y los políticos a cargo se acaban los dedos pasando cuentas del rosario, rezar es la última opción desesperada para no caer en la ignominia.

Los niveles de violencia en la entidad han aumentado de forma catastrófica, no hay día en San Luis Potosí que no parezca alguna región de Siria, los asesinatos sangre fría forman parte del breviario cotidiano y hace un buen tiempo que perdimos nuestra capacidad de asombro.  Si se mide la gravedad de un trágico suceso por la pérdida de vidas humanas, en México debería haberse decretado la cuarentena obligada desde el inicio del sexenio. Los cárteles  de la droga se han vuelto más peligrosos, despiadados y han diversificado su universo de servicios, ahora con  el impedimento de la movilidad social, se han dado a la tarea de controlar territorio aguardando la intempestiva desaparición de las medidas de sanidad y aglomeración. Los grupos criminales que pululan por todo el territorio nacional, sufren al igual que las empresas formales, la ausencia de liquidez y la incertidumbre.

Es justo ahora cuando la capacidad operativa del gobierno debería realizar acciones concretas para eliminar la amenaza constante de la delincuencia organizada, difícilmente se presentará otra oportunidad para mermar significativamente los puntos vulnerables del monstruo de mil cabezas. Desde el origen de la historia de la humanidad, las guerras se hacen con dinero. Sin la capacidad económica para corromper sátrapas o reclutar mercenarios, muy seguramente los grandes conquistadores de la historia universal, no pasarían de ser meros aventureros frustrados.  El estado se reserva la capacidad para ejercer la violencia física y psicológica sin embargo, la manifiesta incompetencia de los responsables de las áreas de seguridad hace sospechar un maniqueo juego perverso que pretende rendir al poder político ante los grupos fácticos que operan desde las sombras.

Los políticos mexicanos están tan extraviados pretendiendo ganarse el favor de los ciudadanos con dádivas que olvidan que las determinaciones legales que sujetan a los particulares en tiempos de guerra, son arbitrarias y establecen los criterios normativos que habrán de reorganizar las reglas del juego. El poder que recae en las instituciones democráticamente electas, es similar al del mandato divino. Nadie puede poner en duda la calidad de las decisiones puesto que en tiempos de crisis lo preponderante es la subsistencia de la especie y el statu quo. El estado de excepción, es una opción.

Por otra parte, si quien tiene el poder titubea y las cosas resultan adversas, el ciudadano común no vacilará en los próximos comicios para expresar su repudio a los que meditaron demasiado en momentos determinantes. Por ello el presidente Andrés Manuel López Obrador se empeña en estar vigente en el ánimo nacional, conocedor de la cualidad acomodaticia de los electores mexicanos se esmera en tener siempre a la mano ideas novedosas, casi como esos programas de televisión que se transmiten de madrugada vendiendo aparatos multiusos y cacerolas mágicas.

Cuando el presidente se refirió en reciente conferencia matutina a la terrible circunstancia que enfrenta el mundo como algo que cayó como ¨anillo al dedo¨ en su gobierno, hablaba de la maravillosa posibilidad de ser el héroe de la película, ¨el muchacho chicho de la película gacha¨, el ¨juan camaney¨ llegando al putero con la cartera repleta de billetes de veinte. En tiempos de crisis no se hacen experimentos.

En la aldea, sobresalen los magros esfuerzos de los políticos en ciernes por llamar la atención, como el diputado federal Ricardo Gallardo Cardona que a fuerza de hastío pretende mantenerse vigente, ya sea porque obsequió tres costales de naranjas o amenaza con subir más videos a la red social tik tok. Las ambiciones del joven político, si acaso rivalizan con las del alcalde Xavier Nava Palacios que a fuerza de darse topes contra la pared, apenas estaba aprendiendo administrar el caos que gobierna, le cayó del cielo la derivada crisis, ahorita nadie se está quejando de los baches que tiene la ciudad convertida en muladar o la incompetencia del equipo jurídico del aspirante a gobernador para consolidar una acusación (de las cientos posibles) contra su antecesor por graves y evidentes casos de corrupción.

Sea pues San Luis Potosí, ciudad ruinosa de precarias callejuelas, estás vieja y agotada, bajo tus baldosas subsiste la ruindad, eres promesa que agobia. La infausta realidad.

Gandhi Antipatro

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