Por: Martín Hernández Solano
Algo se está rompiendo mientras seguimos deslizando la pantalla. No es una metáfora grandilocuente: es el mundo tal como lo conocíamos, y la generación Z está creciendo justo en medio del crujido. Guerras que parecen lejanas, discursos de odio que se normalizan y economías que ya no prometen nada conviven con una cultura del entretenimiento inmediato que invita, casi exige, no pensar demasiado en el mañana.
Los conflictos en Ucrania, Palestina, Venezuela o Irak suelen leerse como tragedias ajenas, encapsuladas en la sección internacional. Sin embargo, forman parte de una misma lógica global de disputa por poder, recursos y control. En el caso latinoamericano, la constante amenaza de intervención estadounidense en Venezuela —más discursiva y estratégica que formal, pero persistente— reactiva viejos miedos y confirma que la soberanía regional sigue siendo frágil. Esta incertidumbre no surge de la nada: es la consecuencia de un desgaste político e ideológico que el mundo arrastra desde hace décadas y que hoy vuelve a hacerse visible.
En México y América Latina, ese reacomodo global se traduce en efectos concretos: inflación sostenida, dependencia económica, recortes al gasto social y empleos que no garantizan estabilidad. Para la generación Z, el futuro no se cancela de golpe, se vuelve cada vez más caro y más lejano. Frente a ese panorama, la desconexión parece una salida razonable. Pero esa desconexión no es neutral: es el terreno donde la precariedad se normaliza y donde las decisiones estructurales pasan sin resistencia.

El capitalismo contemporáneo ha afinado una estrategia eficaz: ofrecer consumo inmediato a cambio de resignación a largo plazo. Flexibilidad, emprendimiento y placer rápido sustituyen derechos laborales, seguridad social y proyectos de vida sostenibles. Mark Fisher lo explicó con crudeza: el realismo capitalista no solo organiza la economía, también limita lo que somos capaces de imaginar. Así, la evasión no es simple frivolidad, sino una anestesia colectiva frente a un futuro que duele pensar.
En ese vacío avanzan el nacionalismo y la ultraderecha, discursos que prometen orden y sentido en un mundo caótico, pero que reducen la complejidad a enemigos fáciles. En América Latina, estas narrativas se mezclan con corrupción estructural y desconfianza hacia la política, reforzando la idea de que participar no sirve. Antonio Gramsci lo advirtió hace casi un siglo: cuando el viejo orden no termina de caer y el nuevo no logra nacer, surgen proyectos autoritarios que capitalizan el desencanto.
El problema no es solo lo que ocurre, sino cómo se vive. Como señaló Guy Debord, la experiencia ha sido reemplazada por la representación: crisis que duran lo que dura el algoritmo, indignaciones que se disuelven rápido. La generación Z aprende a reaccionar, no a procesar; a consumir la política, no a habitarla. El presente se vuelve eterno y el futuro, una incomodidad que se posterga. Aun así, no todo está perdido. De forma fragmentaria y a veces contradictoria, la juventud empieza a cuestionar lo que parecía incuestionable: el trabajo sin sentido, la desigualdad normalizada, el colapso ambiental. No es un despertar épico, pero sí una grieta. El futuro se ve precario, incluso oscuro, pero no está cerrado. La chispa está en volver a mirar el mundo con atención y entender que ignorarlo también es una decisión política, quizá la más costosa.














