Por: El Primo Feliciano
La reciente entrega de bultos de cemento a habitantes de distintas comunidades ha generado más molestia que aplausos. Y es que, aunque se anuncia como un “apoyo” para mejorar caminos, banquetas o espacios comunitarios, en los hechos implica que los propios vecinos —los mismos que deberían ser beneficiados— terminen haciendo el trabajo que antes correspondía a la autoridad. En redes sociales comenzaron a multiplicarse las quejas. “Antes los gobiernos hacían la obra; solo en pocas ocasiones daban el material”, expresan varios habitantes, quienes reconocen que ahora, lejos de recibir una mejora ya hecha, deben organizarse, poner mano de obra y, en muchos casos, hasta completar herramientas o más insumos que no vienen incluidos en el supuesto apoyo.
El malestar no es menor: entregar cemento sin garantizar quién ejecutará adecuadamente las obras abre la puerta a un sinfín de problemas. Desde trabajos incompletos o mal realizados, hasta la responsabilidad económica y física que recae en personas que no son especialistas. La estrategia, que en papel podría sonar como “participación comunitaria”, en la práctica parece más una manera de trasladar obligaciones municipales a la ciudadanía, disfrazadas de ayuda. Y mientras tanto, la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿por qué ahora los vecinos deben construir lo que antes era tarea de la autoridad?
Tienen razón quienes observan con inquietud el movimiento silencioso —pero constante— que desde hace meses se percibe en Santa María del Río. Sin que nadie lo diga abiertamente, pero con la estrategia bien colocada en el aire, ha comenzado a circular el nombre de Osiris, hijo de la actual presidenta municipal, Isis Díaz, como posible relevo natural en la próxima contienda. Un “destape” suave, disfrazado de rumor, pero que ya recorre pasillos, plazas y grupos de WhatsApp.
Algunos actores locales, esos que gustan autodenominarse “representantes de las fuerzas vivas”, han empezado a deslizar la idea como si se tratara de una evolución lógica del poder, casi un derecho hereditario. El problema es que, en pleno 2025, pretender convertir la política municipal en un asunto de linaje familiar resulta un insulto para una población que ha demostrado tener criterio, memoria y dignidad.
No se trata de cuestionar las capacidades del joven —quien, por cierto, no ha emitido posicionamiento público sobre el tema—, sino de señalar que la construcción de un cacicazgo, por más elegante o discreta que quiera presentarse, siempre termina por aplastar la democracia local, reducir la pluralidad y convertir el municipio en patrimonio privado.
Santa María del Río ya ha visto suficiente de este tipo de prácticas en otros tiempos. Repetirlas sería un retroceso. La ciudadanía merece proyectos, no herencias; merece liderazgos, no sucesiones familiares preacordadas. Y si hay quienes insisten en preparar la alfombra para un linaje político, también habrá quienes —con toda legitimidad— levanten la voz para impedir que el municipio caiga en un ciclo de poder que no le pertenece a una familia, sino a su gente.
Otra vez la carretera 57. Pese a los discursos y las cifras “alentadoras”, la inseguridad sigue instalada como un huésped permanente. El reciente operativo a la altura de Santa María del Río, donde dos hombres fueron detenidos tras presuntamente atacar a balazos a agentes estatales, no es un hecho aislado: es parte de una dinámica que lleva años escalando sin que exista una estrategia clara que devuelva confianza a quienes transitan por esta ruta vital.














