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Por: El Primo Feliciano

Santa María del Río: cuando los paisanos regresan y el pueblo despierta

En Santa María del Río, el regreso de los paisanos no pasa desapercibido. Basta un bailongo de rompe y rasga en la plaza, música a todo volumen y calles llenas para confirmar que el Pueblo Mágico volvió a latir con fuerza. Miles de sanmarienses que hoy viven y trabajan en Estados Unidos regresaron para pasar las fiestas decembrinas con sus familias, y con ellos llegó algo más que nostalgia: llegó movimiento, consumo y dinero circulando. La presencia de los paisanos transforma el ritmo cotidiano. Los restaurantes se llenan, las tiendas venden más, los taxis no paran y hasta el comercio informal encuentra respiro. Las remesas, que durante el año llegan de manera constante, se reflejan con mayor fuerza en estas fechas, cuando el gasto se multiplica en regalos, mejoras en las viviendas y celebraciones familiares. Para muchos negocios locales, diciembre representa la diferencia entre cerrar el año con números rojos o mantenerse a flote. Sin embargo, más allá del impacto económico, el regreso de los paisanos tiene un peso social y emocional profundo. Son reencuentros largamente esperados, abrazos que se postergaron meses o años y mesas completas que solo en diciembre logran reunirse. Santa María del Río se convierte, por unos días, en punto de encuentro de historias de migración, sacrificio y esperanza. El reto está en no quedarse solo con la fiesta. La derrama económica es real, pero temporal. El verdadero desafío es pensar cómo aprovechar este flujo para generar desarrollo duradero, empleo local y condiciones que, algún día, hagan que el viaje de regreso no sea solo por Navidad, sino definitivo. Mientras tanto, el bailongo cumple su función: recordar que, aunque estén lejos, los paisanos siguen siendo parte viva del pueblo. En Santa María del Río, con un bailongo de rompe y rasga fueron recibidos miles de paisanos que llegaron a pasar las fiestas decembrinas con sus familiares en este “Pueblo Mágico” y sus diferentes localidades. La visita de los paisanos trae buenos beneficios a la población en general, porque hay entradas de remesas.

Circular por la carretera 57, especialmente en el tramo de Santa María a Ojo Caliente, se ha convertido en una prueba de paciencia para automovilistas, transportistas y viajeros cotidianos. Los trabajos de rehabilitación y mantenimiento son, sin duda, necesarios: nadie discute la importancia de conservar una de las arterias más importantes del estado en condiciones seguras y funcionales. El problema no es la obra, sino la forma en que se ejecuta. Durante semanas, los conductores han tenido que avanzar a vuelta de rueda en un tramo que, en condiciones normales, se recorre con relativa fluidez. Las filas se extienden por kilómetros y los tiempos de traslado se duplican o incluso se triplican. Lo que más incomodidad genera no es solo la reducción de carriles, sino la percepción de que los trabajos avanzan con lentitud: en no pocas ocasiones se observan pocos trabajadores activos, maquinaria detenida y largos periodos sin movimiento visible.

Para quienes usan esta vía a diario por motivos laborales, escolares o de transporte de mercancías, el retraso constante se traduce en pérdidas económicas, estrés y desgaste. En temporada alta, cuando aumenta el flujo vehicular, la situación se vuelve aún más complicada, elevando también el riesgo de accidentes por desesperación, rebase indebido o distracciones. Es comprensible que las obras requieran planeación, cierres parciales y medidas de seguridad. Sin embargo, también es válido cuestionar si no podría optimizarse la logística: más cuadrillas trabajando de manera simultánea, horarios extendidos o estrategias que reduzcan el impacto vial.

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