Por: Martín Hernández
Cada año, los premios Oscar se presentan como una celebración del cine, del talento y de la audacia artística. Sin embargo, vistos con un poco de distancia, funcionan menos como un reconocimiento estético y más como un dispositivo simbólico: una ceremonia que legitima qué discursos morales son aceptables para Hollywood en un momento histórico determinado… y cuáles no.

La Academia no premia solo películas. Premia formas de mirar el mundo. Y, sobre todo, premia aquello que puede ser dicho sin poner en riesgo el orden que la sostiene.
La pregunta suele plantearse en términos dicotómicos: ¿los Oscar premian valentía artística o seguridad moral? La respuesta más honesta es que no hacen plenamente ninguna de las dos. Operan en un punto medio cómodo: reconocen conflictos sociales, pero lo hacen de manera controlada, digerible, moralmente segura.
Hollywood no ignora los problemas del mundo. Pero rara vez se atreve a interrogar sus causas estructurales, mucho menos cuando estas apuntan hacia sí mismo.
Aquí aparece una distinción clave: Películas que representan un problema y películas que cuestionan las causas del problema, y los Oscar suelen premiar más lo primero que lo segundo.

Si revisamos las ganadoras recientes, el patrón es claro.
- Spotlight (2015) expone la pedofilia dentro de la Iglesia. Un problema grave, sí, pero ubicado en una institución externa, con responsables identificables y una narrativa de justicia posible.
- Moonlight (2016) aborda racismo y diversidad sexual desde una intimidad contenida, sin confrontar directamente al sistema que produce esas violencias.
- Green Book (2018) habla de racismo, pero desde una óptica conciliadora, casi pedagógica, que permite al espectador blanco salir emocionalmente indemne.
- Oppenheimer (2023) parece cuestionar la guerra y las armas nucleares, pero desplaza la culpa hacia el conflicto moral del individuo, no hacia el complejo militar-industrial que lo hizo posible.
En estos casos, el conflicto existe, pero el sistema permanece intacto. La responsabilidad se personaliza. El espectador se conmueve, reflexiona un poco y vuelve a casa reconciliado con el mundo tal como es.

Parasite (2019) es la excepción que confirma la regla. No solo representa la desigualdad social: señala al capitalismo como estructura violenta, sin redenciones fáciles ni finales tranquilizadores. No hay villanos individuales que absorban la culpa. Hay una maquinaria social.
Que haya ganado fue leído como un gesto valiente. Pero también puede leerse como una anomalía cuidadosamente administrada: una crítica feroz, sí, pero proveniente de fuera de Estados Unidos, lo que permite a Hollywood aplaudirla sin sentirse directamente interpelado
Las críticas directas al imperialismo estadounidense rara vez ganan. Las historias centradas en Palestina, Irak o Afganistán desde la mirada de las víctimas no estadounidenses suelen quedarse en nominaciones simbólicas o desaparecer del radar. La responsabilidad corporativa, el colonialismo contemporáneo o el capitalismo entendido como estructura violenta casi nunca ocupan el centro del escenario.

Cuando estos temas aparecen, suelen hacerlo bajo tres condiciones: Se suavizan. Se desplazan hacia conflictos individuales y pierden frente a narrativas más conciliadoras. No es censura explícita. Es algo más eficaz: una delimitación de lo decible.
El Oscar funciona como capital simbólico en estado puro: una forma de prestigio social que convierte ciertos valores en “naturales”, “universales”, “legítimos”. La Academia, como institución, opera de manera similar al sistema educativo que describe Bourdieu: convierte privilegios históricos en méritos aparentes, y lo hace a través de rituales públicos y ceremonias de validación.
Ganar un Oscar no sólo consagra una película. Consagra una visión del mundo.
El discurso no es solo lo que se dice, sino el espacio donde se dice. No todo puede decirse en cualquier lugar. Y los Oscar son un espacio institucional altamente regulado, donde lo “permeable” tiene límites claros.

¿En qué momento la Academia “corrige” su imagen más que premiar cine? La respuesta incómoda es: siempre. Los Oscar no premian radicalidad. Premian consensos morales seguros.
Esto no va de cancelar a los Oscar ni de exigirles una pureza ideológica imposible. Va de leerlos como síntoma cultural.
El cine premiado por la Academia suele tranquilizar conciencias más de lo que incomoda poderes. Y en esa diferencia mínima se revela el verdadero rol de los Oscar: no como vanguardia ética, sino como administradores del sentido moral de Hollywood. Mirarlos así no los vuelve irrelevantes, los vuelve, quizá, más honestos.














