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Sanae Takaichi hará historia como la Primera Ministra de Japón

San Luis Capital

La conservadora de línea dura genera esperanza y escepticismo en un país donde las mujeres aún enfrentan barreras estructurales

TOKIO.— Japón se prepara para un acontecimiento histórico: Sanae Takaichi, una legisladora conservadora de 64 años que ha expresado admiración por Margaret Thatcher, será nombrada primera ministra, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar el cargo en la historia moderna del país.

El ascenso de Takaichi al frente del Gobierno japonés ocurre en una nación donde las mujeres han estado durante décadas subrepresentadas en los más altos niveles del poder político, empresarial y social, debido a una cultura que les asigna de manera desproporcionada las labores domésticas y el cuidado de los hijos.

UNA FIGURA DIVISIVA Y SIMBÓLICA

Takaichi, quien ganó recientemente la elección interna del Partido Liberal Democrático (PLD) venciendo a cuatro hombres, ha generado reacciones encontradas. Para sus simpatizantes, es una pionera que rompe un techo de cristal largamente impenetrable; para sus críticos, una dirigente que ha ascendido sin desafiar las estructuras patriarcales que limitan a las mujeres japonesas.

“Esta es una primicia en Japón”, dijo Hikari Minagawa, de 19 años, estudiante de la Universidad Femenina de Otsuma. “Quiero que Takaichi facilite el acceso de las mujeres a la política y a la representación política. Ella es fuerte y tranquila”.

Sin embargo, activistas y académicos temen que su llegada al poder no se traduzca en un avance sustancial para la igualdad de género. “Es la primera mujer en dar este paso adelante, pero llegó a esta posición desalentando la igualdad de género en la sociedad”, afirmó Momoko Nojo, fundadora del grupo juvenil No Youth No Japan. “No creo que avance mucho”.

POSTURAS CONSERVADORAS Y POLÍTICAS CONTROVERTIDAS

Lejos de identificarse con el feminismo, Takaichi ha mantenido posturas tradicionales sobre el papel de las mujeres. Se ha opuesto a reformar la ley que obliga a las parejas casadas a compartir el mismo apellido y ha defendido el mantenimiento del linaje masculino en la familia imperial.

Sus críticos la comparan con otras líderes conservadoras, como Thatcher o la italiana Giorgia Meloni, quienes han defendido políticas consideradas regresivas en materia de género.

Takaichi ha cultivado la imagen de una trabajadora incansable, declarando que está dispuesta a “trabajar, trabajar, trabajar y trabajar”, renunciando al equilibrio entre vida personal y profesional. Para algunos analistas, este mensaje puede resultar contraproducente en un país que ya enfrenta una cultura laboral asfixiante, en la que las largas jornadas y las obligaciones familiares impiden el ascenso de muchas mujeres.

UN CAMINO DE AISLAMIENTO Y RESISTENCIA

En un libro publicado en 1995, dos años después de su primera elección como diputada por la prefectura de Nara, Takaichi relató el aislamiento que sufrió como mujer en un entorno político dominado por hombres. Recordó sentirse excluida cuando sus colegas se reunían en clubes y saunas para discutir asuntos de partido.

“Últimamente, simplemente me he dado por vencida y he comenzado a seguirlos sin importar a dónde vayan”, escribió entonces. También expresó su deseo de que las mujeres pudieran desempeñarse en política sin ser catalogadas como “mascotas” ni como “tipos duros”.

¿UN CAMBIO REAL O UN GESTO SIMBÓLICO?

Los medios japoneses han retratado a Takaichi como la nueva cara del PLD, que busca renovar su imagen tras una serie de derrotas electorales y la pérdida de su principal aliado de coalición. Pero algunos analistas sostienen que su designación responde más a una estrategia partidista que a un avance genuino hacia la equidad.

“El techo de cristal no se rompió”, advirtió Mari Miura, profesora de ciencias políticas en la Universidad Sophia de Tokio. “Es solo un pequeño agujero”.


Con su inminente nombramiento, Sanae Takaichi enfrenta el reto de demostrar si su llegada al poder podrá transformar las estructuras que durante generaciones han relegado a las mujeres japonesas —o si su mandato se convertirá en un símbolo más de un cambio que sigue siendo, en gran medida, pendiente.

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