El doble terremoto que devastó el norte de Venezuela el pasado 24 de junio de 2026 no solo desencadenó una emergencia humanitaria de grandes dimensiones, sino que también llamó la atención de la comunidad científica por las similitudes geológicas entre las fallas responsables del sismo y la falla de San Andrés, una de las más vigiladas del mundo por el riesgo que representa para California.
Los movimientos telúricos ocurrieron con apenas un minuto de diferencia. El primero, de magnitud 7.2, se registró a las 18:04 horas con epicentro a 21 kilómetros al oeste de Morón, en el estado Carabobo, de acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). Un minuto después ocurrió un segundo terremoto de magnitud 7.5, considerado el más potente registrado en Venezuela desde 1900. Desde entonces se han contabilizado más de 130 réplicas.
El saldo oficial asciende a 589 personas fallecidas, cerca de 3 mil heridas y más de 10 mil desaparecidas, informó la presidenta interina, Delcy Rodríguez. No obstante, el jefe de ayuda humanitaria de la ONU, Tom Fletcher, advirtió que la cifra de desaparecidos podría superar las 50 mil personas, mientras que el USGS estima un 40 por ciento de probabilidad de que el número final de víctimas mortales se ubique entre 10 mil y 100 mil debido a la magnitud del desastre.
La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) calcula que hasta 6.76 millones de personas pudieron resultar afectadas, incluidos cerca de dos millones de habitantes de Caracas, donde también se registraron derrumbes y daños importantes en infraestructura.
A raíz de esta tragedia, el geofísico Sylvain Barbot, investigador de la Universidad del Sur de California, explicó que los terremotos de Venezuela representan un recordatorio del riesgo permanente que enfrenta California debido a las características compartidas entre ambas regiones.
El especialista señaló que los terremotos se producen cuando las rocas acumulan tensión durante años o incluso décadas hasta superar su resistencia. Cuando ese límite se rompe, la energía se libera en cuestión de segundos y provoca el desplazamiento repentino de las placas tectónicas.
Este fenómeno ocurre a varios kilómetros bajo la superficie terrestre, donde la presión y las temperaturas son extremadamente elevadas. La ruptura genera el deslizamiento de enormes bloques de roca, creando fracturas capaces de destruir edificios, carreteras y otras estructuras.
Barbot explicó que las fallas involucradas en los terremotos de Venezuela pertenecen al mismo tipo geológico que la falla de San Andrés: fallas transformantes, en las que dos placas tectónicas se desplazan horizontalmente una respecto de la otra.
Incluso el ritmo de movimiento presenta grandes similitudes. En Venezuela, las placas tectónicas avanzan aproximadamente 20 milímetros por año, mientras que en la falla de San Andrés el desplazamiento alcanza alrededor de 30 milímetros anuales.
De acuerdo con el investigador, ambas fallas son capaces de producir terremotos de gran magnitud con una frecuencia semejante. En el caso de San Andrés, los especialistas calculan que ocurre, en promedio, un sismo de magnitud 7 o superior cada 170 años, aunque ese intervalo puede variar considerablemente.
El último gran terremoto registrado en el sur de California fue el de Fort Tejon, en 1857, que alcanzó una magnitud estimada de 7.9.
Estudios recientes indican que la tensión acumulada en el tramo sur de la falla de San Andrés podría ser la mayor registrada en al menos mil años, lo que ha renovado el debate sobre la posibilidad de un futuro gran terremoto en esa región.
Sin embargo, Barbot enfatizó que esa acumulación de energía no significa que un sismo sea inminente.
“Podría ocurrir mañana o dentro de cien años. Simplemente no lo sabemos”, explicó el geofísico al destacar que la ciencia todavía no cuenta con herramientas para determinar el momento exacto en que se producirá una gran ruptura.
Precisamente por esa incertidumbre, California mantiene algunas de las normas de construcción antisísmica más estrictas del mundo, además de protocolos de emergencia para hospitales, puentes, edificios públicos e infraestructura crítica.
El investigador recordó que numerosos equipos científicos continúan buscando indicadores que permitan anticipar grandes terremotos. Aunque se han identificado casos donde pequeños enjambres sísmicos precedieron a eventos mayores y recientes investigaciones con aprendizaje automático han detectado cambios en la actividad microsísmica antes de algunas rupturas importantes, esos patrones no son constantes ni permiten realizar predicciones confiables.
Por ello, la comunidad científica coincide en que la mejor estrategia sigue siendo la prevención mediante infraestructura resistente, sistemas de respuesta rápida y planes de preparación ciudadana, ya que actualmente no existe un método capaz de predecir con precisión cuándo ocurrirá un terremoto de gran magnitud.












