El que sirve a un ideal, vive de él; nadie le forzará a soñar lo que no quiere ni le impedirá ascender hacia su sueño. José Ingenieros

El presidente Andrés Manuel López Obrador es un eficaz administrador del caos, las cosas no le salen bien, pero tampoco mal, el clamor popular está a su favor, pero es difícil saber si a un año de distancia, los treinta millones de mexicanos y mexicanas que le obsequiaron un triunfo avasallante, se encuentran satisfechos (o por lo menos conformes) con el desempeño del gobierno.

Nadie esperaba que el grave deterioro de las instituciones se resolviera de inmediato o que bastaría con que el presidente se colocase la banda presidencial para que un intangible espíritu patriota y nacionalista recorriera el territorio nacional transformándolo todo. Somos un país de profundas desigualdades y aquellos que gozan de algún privilegio, están muy cómodos ahí.

Lo que Andrés Manuel pretende combatir, tiene profundas raíces en el imaginario colectivo, México es un país de gente que practicaba el estoicismo y terminó por someterse a un proceso de adaptación al medio corrupto, bajo el auspicio del poder político y con la complacencia de los lideres morales, religiosos y hasta militares. El presidente sueña con reconstruir el país con la solidaridad y apoyo de quien él llama “pueblo bueno”. Si hay un pueblo bueno forzosamente existe uno malo al cual no pretende reprimir sino convencer con el apoyo de una mayoría silenciosa que aguarda desde siempre el arribo al poder de un caudillo que milagrosamente salve al país. Uno que no muera como Colosio, el imaginario buen presidente que no fue.

El presidente se asiste de todo aquello que pueda respaldar su audaz proyecto, porque una cosa es meter a la carcél a los políticos corruptos que saquearon al país antaño o someter al orden a determinado grupo criminal, otra muy distinta es cambiar la visión arquetípica del poder y para lo que sirve, históricamente el pueblo sabe que por muy bien intencionado que sea un político, tarde o temprano abusa del principio de autoridad legal -que no moral- que concede la facultad de ser el poseedor de la investidura. El presidente busca ser amado más que temido, bajo la filosofía maquiavélica, esas cosas nunca salen bien.

El presidente invoca al espíritu de Francisco I. Madero, le llama demócrata y pretenciosamente le concede un ejercicio pulcro en los asuntos de estado en el efímero periodo de gobierno que culminó terriblemente con su muerte para sumir al país en una guerra civil que trajo consigo desolación, hambre y muerte. Las crónicas refieren a un presidente Madero abrazado de las piernas de su madre, que llora desconsolado la noticia de la atroz muerte de su hermano Gustavo a manos de los conspiradores de la ciudadela, en el último día de la decena trágica. Su falta de carácter para enfrentar las adversidades con la rigidez que sus enemigos comprendían como un lenguaje críptico les envió un mensaje muy claro, el presidente era incapaz de jalar el gatillo. Y eso le costó la vida.

Es imposible no pensar en el legado cuando se encuentra uno en la cúspide del poder, Andrés Manuel ya es parte de la historia de México, sabe que algún día estará su imagen estará en las estampas que los niños van a comprar a la papelería para hacer su tarea. Su preocupación es : ¿cómo será recordado?.

El presidente se adelanta y le impone un mote a su periodo de gobierno, los historiadores tendrían que asumir que estos seis años en la historia de los Estados Unidos Mexicanos fue “la cuarta transformación de la vida pública de México” pero, las cosas no siempre resultan como uno las imagina. El presidente corre el riesgo de ser recordado más como Pedro Lascuráin que Benito Juárez.

Hay un fantasma que recorre América Latina y es la incapacidad de gobiernos que provienen de corrientes ideológicas de izquierda para manejar la economía y contener los niveles de marginalidad en que los sumieron las prácticas neoliberales, todos han recurrido al subsidio y posteriormente al clientelismo para conservar el poder, siempre bajo el argumento de que fue “demasiado poco” tiempo para cambiar las cosas. Nunca un oximorón podría causar más terror, tratar de postergar el poder en una figura política por muy predominante que sea, es una dictadura.

No quiere decir que la derecha latinoamericana sea mejor, simplemente es la obvia beneficiaria del deterioro del discurso político populista. El arribo de los grupos ultra conservadores (que los hay en cada país) al poder, siempre viene acompañado de un discurso rabioso, reivindicatorio de las viejas prácticas que pretenden someter al orden a todos y a cualquier precio. Los gobiernos de derecha son paranoicos, inventan enemigos silenciosos y le atribuyen a cualquier manifestación de oposición características sediciosas. El problema de México radica en que los espacios de debate público están reservados para los actores políticos. La falta de una cultura del debate hace que nos resulte ajeno, para los mexicanos debatir es sinónimo de discutir y cuando se acaban los argumentos, solo quedan las manos.

Andrés Manuel López Obrador llegó al poder en el momento preciso, la consumación de su proyecto de vida le costó al país una profunda división entre marginados y privilegiados, la frágil intelectualidad orgánica de la llamada cuarta transformación, hace esfuerzos titánicos para explicar el confuso ideario nacionalista de su líder. Los matices jocosos que llenan la conversa diaria de los ciudadanos respecto del presidente, se visten de frases coloquiales que ilustran un poco el simplesco sentido del humor del mandatario, sin embargo, en algún momento tendríamos que ponernos serios.

Sea pues Andrés Manuel López Obrador, emisario de otros tiempos, eres el discurso inasible, resuello de un cuerpo cansado, estertor que advierte un desenlace fatal, la premonición de un trágico evento, la angustia de los días por venir, la incertidumbre de las lealtades, la mirada pútrida de un narcisista maligno.

@gandhiantipatro

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