“Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Nada puede destruir a la Humanidad, excepto la Humanidad misma”. Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), Filósofo y teólogo francés.

En estos días aciagos el debate nacional se recluye a las ocurrencias presidenciales y las cada vez más obvias reacciones de sus detractores, casi con la precisión de un guión que se ha ensayado hasta la náusea, se suscitan los eventos y las palabras se acomodan como en el juego del tetris. Cada quien sabe su lugar.

Dado el nivel de encono que se percibe en los medios masivos de difusión, uno pensaría que el país está al borde de la disolución social, pero no, las cosas si acaso están a un grado Gay Lussac de convertirse en una discusión de cantina. O sea, lo que pasa en las redes sociales se puede magnificar o dejar pasar, pero los medios masivos como la televisión o la radio abierta se nutren de pequeños escándalos, efímeros la mayoría de ellos, y solo surten efecto para alimentar el morbo nacional.

Los noticieros nacionales de radio y televisión, ya no hacen investigación periodística de fondo, ahora solo “retuitean” noticias o comparten publicaciones de Facebook de algún político importante. Importante por el rango, más no por la calidad intelectual o moral de su figura. Bien sabido es que la clase política de México ni tiene clase, ni saben mucho de política.

La política mexicana dispensa la falta de preparación académica o el sentido común en el caso de los que no tuvieron la oportunidad de estudiar una carrera pero tampoco han sentido jamás interés por abrir un libro. Cada día más, el conocimiento empírico o didáctico está peleado con la causa de representar ciudadanos, conforme crece la ignorancia, aumenta el apetito voraz de los tiranos.

Nunca estuvo más difusa la idea de un proyecto de nación al que de forma impertinente y pretensiosa se insiste en llamar transformación, uno pensaría que la demagogia se quedaba en la campaña política y que al momento se gobernar, debía hablarse con la verdad, con la frialdad de los números pero no, la campaña política no se detuvo, porque así son los romances, uno no quiere que terminen porque cuando se va pasar al compromiso, las cosas se ponen más serias. Así pues, el presidente sigue en campaña y es como si aún tratara de convencer a todos de que el país no puede tolerar más desgobierno y abuso.

Seamos francos, la maestra Elba Esther Gordillo está en libertad y conforme ha ido retomando el control de su sindicato, también se ha ido revitalizando. No olvidemos que para la operación política es ella quien imparte la cátedra y los demás ponen atención. Carlos Romero Deschamps abandonó el liderazgo del sindicato petrolero y fuera de algunos amagues, ninguna acción legal ensombrece su futuro y por el contrario, tuvo tiempo de colocar a subordinados leales en la titularidad del sindicato del huachicol (PEMEX). Ya tiene quien le cuide las espaldas y su patrimonio a salvo. Hay a quienes les vino muy bien la cuarta transformación, y a otros solo les trajo 1260 pesos bimestrales más.

El presidente no parece querer pelearse con nadie, pero le encanta echar bravatas. Los únicos que le toleran su exabruptos y lagunas mentales son los heroicos trabajadores de la prensa que conviven diariamente con él todos los días en las conferencias matutinas. Ellos hacen las preguntas con que se ha de gobernar el país, ellos llevan los recados para los enemigos del régimen.

Y así el paso se pierde en devaneos y postureos moralistas, la consecuencia natural es que las conclusiones se quedan en el aire, cada quien tiene un pedazo de verdad y el país exige para transformarse un debate serio y no las excentricidades del pequeño hombre en el poder. El cambio no se logra si se queda en arbitrarios juicios desde donde pontifica el personaje de los treinta millones de votos.

La compleja personalidad del presidente alienta las especulaciones sobre su salud mental y en el mejor de los casos, ese narcisismo maligno que aqueja a los líderes con poder absoluto no augura nada nuevo (ni bueno) pues en este país acostumbrado a los caudillos populares pero inmorales se acepta como algo inherente al que obtiene el gobierno. Que gobierne, que para eso se le paga.

Las vicisitudes del poderoso es que conforme pasa el tiempo, y si las cosas no van como lo esperado, la paranoia se apodera de quien vive la soledad del poder, el presidente se hace acompañar de una corte de tiralevitas que asumen la zalamería como parte del cortejo que los líderes requieren para sostener la frente en alto y el pecho erguido. No es la primera ocasión que un político pragmático se pierde en la avasallante danza de genuflexiones a su alrededor y posterga lo prioritario por la contertulia. La procrastinación presidencial.

Sea pues Andrés Manuel López Obrador, eres amo y esclavo, demócrata y demagogo, tienes lo que soñaste, un lugar en la historia, serás un popular o un optimate.

@gandhiantipatro

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