Por: Adriana Ochoa

Consecuencia de 2018, partidos viejos pierden militantes mientras el ganador Morena y el Verde los acrecientan con trasvases del PRD y del PRI. Sufren y prometen ahora sí enmendar camino, pero no se enteran o no quieren enterarse de lo mucho que tienen que cambiar.

Según la última revisión del Instituto Nacional Electoral a los padrones de siete partidos políticos registrados, la militancia de éstos se redujo de más de 13 millones en enero de 2019 a casi 5 millones en enero de este año.

Hay dos grandes perdedores por cuantía: el PRI y el PRD. El tricolor se cayó de 6.54 millones a 1.58 millones de militantes en enero pasado, mientras que el del Sol Azteca arrancó el año pasado con 5 millones y acabó con 1.25 millones. Sangrías de 76 y 75 por ciento.

El reporte del INE señala que el PAN tiene 38% menos militantes que al inicio del año pasado, para quedar en 245 mil 576 afiliados. El panismo aduce que su padrón ahora está libre de muertos y simulaciones.

Las cifras siguieron moviéndose porque hay campañas de actualización en proceso; el PRI, por ejemplo, subió algo sus cifras, pero su realidad quedó marcada por la derrota electoral de 2018 y los casos de corrupción del peñismo que están en tribunales, mexicanos o extranjeros.

A nivel local, también los partidos marcan pérdidas notorias de militancia. El PAN asegura que perdió un millar de militantes por actualización de padrón entre 2018 y la elección de nuevo presidente, pero arrastraba ya ajustes desde antes de la elección. La sangría tricolor ronda el 70%, aunque es complicado precisarlo porque su militancia es siempre gelatinosa, porque el partido nunca se ha tomado en serio precisar esta calidad y los procesos internos siempre dan nuevas generaciones de priistas de quienes no se tenía noticia que lo fueran.

Desde luego, otro gran perdedor es el PRD: los Gallardo conservan la gestión de la carcasa, que el CEN no ha recuperado, pero la militancia gallardista se muda todavía a su nueva franquicia, el Partido Verde Ecologista de México, al que, si sus números de página web no mienten, le han metido 30 mil nuevos prosélitos de base. Y si revisa uno las listas, siguen entrando cercanos al gallardismo.

Otro partido que se volvió atractivo por obvias razones es Morena: quien busca una oportunidad política no está para desperdiciar la del partido del presidente. Los actuales favorecidos con cargos públicos por la “cascada-Peje” no han destacado mucho, ni destacarán, y es tiempo de acomodar otros perfiles.

Quien quiere hacer carrera de partido necesita militar en uno con posibilidades reales de ganar, así se entiende la actualidad expansiva de Morena y, como fenómeno local, el del Verde, financiado por los Gallardo.

Los partidos viejos que conocíamos como trisecta (PAN, PRI y PRD) se limitaron a tirarse a la cabeza los trastos en 2018 para demostrar quién lo había hecho más mal en las épocas en las que fueron gobiernos. No vieron la ballena blanca que les caía encima con Morena, una organización política que se supone democrática. No proponían nada nuevo, aunque fuera falso o una redomada fantasía, para enamorar un poco a una ciudadanía que ya no veía diferencias entre ellos.

Los partidos en San Luis decrecen en militancia, salvo los ganadores de 2018, Morena y el Verde. Pero también decrecen en el exterior, en la opinión que tiene externos de ella.

No es que el Verde sea la nueva organización a donde se aspire a estar. Los nuevos dueños de la franquicia en San Luis solo trasvasan a sus huestes duras de amarillo a Verde. Pueden abandonar el PRD en cuanto el CEN perredista los eche, pero mientras no lo haga, cobran prerrogativas en dos organizaciones políticas. Tendrá un Verde robustecido para vender a Morena. PRD o Verde, es lo mismo, un ejercicio de travestismo político. Suponer que habrá algo diferente entre un gallardismo y otro es confundir el tocino con la velocidad.

El Verde de los Gallardo funcionará en San Luis exactamente como les funcionó la carcasa del PRD, como mero instrumento para vestir de registro sus incursiones electorales. Su base dura se va a mover para donde les digan. Paren de contar.

El PRI, por su parte, este martes cumple asamblea de trámite para dejar, ahora sí en términos estatutarios, al hombre del gobernador, Elías Pesina, al frente del partido. Y a la ex alcaldesa de Aquismón, Yolanda Cepeda, como secretaria, a ver si la comunicación de una auditoría federal a su última cuenta no desvela una sorpresa. Y si la hay, la sostendrán. El jefe real, el gobernador Carreras, es partidario del inmovilismo en política.

Viene a darles posesión el dirigente nacional, Alejandro “Alito” Moreno, un líder que hasta ahora no emociona mucho. De sus discursos no hay todavía claves para entender en qué punto se quedó el PRI, o si por lo menos tiene claro el porqué los electores los echaron del poder.

El joven presidente nacional tricolor tal vez se esfuerce, pero es imposible que sus invocaciones de regreso a la decencia política peguen, para empezar porque nadie regresa a donde nunca ha estado.

No es un PRI para ganar. Está más dispuesto a cargar con el fiasco que el mismo PRI se consiguió, con sus corruptos y maniobreros de siempre, que a transformarse para revertir su declive electoral.

Morena, el triunfante partido del presidente del país, no acaba de cuajar. Elegir candidatos por tómbola tiene un costo: diputados federales que no han servido para maldita la cosa. Y la dirigencia, vapuleada por el tribalismo interno, tampoco da para alcances medianos.

Desde luego, conveniencia llama y seguirá sumando nuevos militantes de oportunismo, de ocasión, de pesca gorda. Morena es el futuro porque hasta desconocidos de incompetencia supina llegan a diputados federales con el arrastre de López Obrador. Si es que no se descompone en pleitos tribales.

Y está el PAN de la oportunidad en San Luis, como segunda fuerza. Será oportunidad si los panistas no hacen lo de siempre: desempolvar sus rencillas y tomar el camino más rápido a la autodestrucción, con tal que no quede en pie un solo adversario interno.

Tampoco tienen un dirigente nacional genial, pero al menos sí resultón, a diferencia del priista, que no se atreve a contraponerse al titular del Ejecutivo, quizá porque es necesario el perfil mesurado. Sin resultados espectaculares, por lo menos se esfuerza en reconstruir la confianza entre ciudadanos y el partido.

Falta que los panistas se mantengan unidos, un aspecto que se ve complicado. Y que crezcan sus diputados de bancada joven, silenciosos y muy correctos, pero muy justitos de trapío. Y los panistas de generaciones más atrás, prestos para la desconfianza, para no permitir ni una sombra que estire demás en el suelo que aspiran a pisar.

Con más o menos militantes, los partidos en este país hacen campañas de “en busca del voto perdido”.  Renuevan su eterna promesa de beneficios para los votantes, pero no se enteran que su descrédito no tiene vuelta de retorno y les ha pasado como en la parábola de las ranas metidas en una olla de agua fría y puesta a calentar: subió la temperatura gradualmente y no advirtieron del riesgo hasta que el líquido entró en ebullición y acabaron bien cocidas.

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