“… pasan los delfines como almas en pena, consortes de la muerte que se sube al mundo sin pagar boleto, el viento aúlla canciones flacas, gente (¡hay una peste!) como esperando a cristo, Cristo está seguramente, en la tercera fila de un burlesque”.

Un mediodía triste. J. Cruz y F. Abrego.

El virus ha llegado a nuestra puerta, es la fragilidad de la especie humana la que se ve expuesta. A mi alrededor todos parecen estar informados, hay teorías conspirativas; noticias falsas; boletines oficiales; crudas verdades.

El coronavirus o COVID – 19 ha provocado con su apresurada expansión por el mundo, una reacción en cadena que amenaza a las naciones y al sistema financiero mundial. La letalidad es inferior incluso que la influenza pero su propagación es más rápida y dispersa, siempre supimos que algo así podría pasar, pero nunca estuvimos listos para ello. El humano distrajo sus capacidades de investigación y tecnológicas en el desarrollo de otras áreas como el ocio, la industria militar y la estética del cuerpo.

El brote ocurrió en una ciudad de China, ese país tan desconocido y místico, el gigante asiático se encuentra a la cabeza del concierto mundial y en cierta forma aprovechó la terrible circunstancia para demostrar al mundo quienes son y cómo atajan las crisis. Los vimos sitiar una ciudad de veinte millones de personas y construir un hospital en diez días. Le revelaron al mundo sus secretos y ahora que han logrado contener la epidemia se mantienen alerta y pretenden ser los primeros en desarrollar una vacuna. El mundo mira con desesperanza al oriente en busca de un milagro, mientras en las ciudades europeas la ola de infectados llegó como un tsunami que amenaza con destruir la economía y alterar el estado de las cosas.

En México el presidente López Obrador ha patentado con mínimo esfuerzo el estilo “cuatroté” de resolver las cosas, el primer paso es ignorar los problemas, tarde o temprano se resolverán solos, o llegarán algunos peores que ayudarán a distraer la atención del respetable público. Andrés Manuel trata el cisma del coronavirus como los italianos, y todos quisiéramos que lo hiciera “a lo chino”.

A medida que la gente está informada de los eventos en otros países, en la estadística de los trágicos decesos descubren que la mayor parte de las víctimas corresponden a un sector poblacional ignorado, la tercera edad. En un mundo tan materialista donde los humanos ven como fin primordial de la existencia la autosatisfacción, no es extraño que la mayoría de los que se encuentran un poco alejados de la edad de riesgo, hayan soltado un suspiro de alivio. Nadie quiere perder un ser querido, pero pocos aceptarían donar un riñón para salvarle la vida.

Instalados en las teorías de la conspiración, tal parece que el coronavirus fue diseñado para rescatar los fondos de pensiones de todo el mundo. La muerte de muchos servirá para rescatar el patrimonio de algunos.

El único afectado en todo caso sería el presidente López Obrador y sus expectativas electorales futuras, la base clientelar mas agradecida con el régimen, es precisamente los ancianos de México. El presidente corresponde a las circunstancias liberando el doble de recursos económicos que reparte cada dos meses para promover el consumo de productos de primera necesidad. El peje, es el héroe de la película.

En San Luis Potosí el virus llegó de España, si acaso el más destacado resultó ser el presidente del club de futbol de primera división atlético San Luis,  Alberto Marrero quien resultó traer consigo al octavo pasajero. De origen español, Marrero regresaba de unas vacaciones por la madre patria y asistió con algunas molestias típicas de la gripe al estadio de fútbol, desde el palco observó el desarrollo del partido y degustó satisfactorias libaciones en compañía de personajes de la política local como el alcalde Xavier Nava. Apenas se ha conocido la noticia del portador de la peste y los esfínteres se comprimieron dando paso a una psicosis colectiva de proporciones bíblicas, los privilegiados de las zonas exclusivas del moderno Coliseo romano se sienten casi siempre ajenos a las vicisitudes de la gente común.

No hay nada más democrático que un virus, no tiene el menor prejuicio de raza, religión o nivel socioeconómico. Sin embargo, hay que agradecer en este caso que los depositarios de la trágica enfermedad no tiene el malsano gusto por compartir espacio físico con las clases bajas, posiblemente estaríamos hablando de que nuestra ciudad habría disparado la estadística de parásitos infectos en condiciones de riesgo. De nada sirven las disculpas del presidente del club deportivo al hablar en entrevista remota para un reconocido programa de opinión deportiva, la irresponsabilidad con que actuó puso en riesgo la vida de cientos, quizá miles de senectos fanáticos del balón pie. Que además, hay que decirlo, los inchas del atlético San Luis no son los más sanos sistemas inmunológicos de la región, la mayoría de ellos alcohólicos, diabéticos y de prácticas sedentarias. La fórmula perfecta para el Apocalipsis.

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