En estos días aciagos de pandemia e incertidumbre los seres humanos se ven expuestos a la peor de las condiciones, la introspección casi extinta en un mundo que hasta hace poco no cesaba en su vertiginoso andar. La reverberación del discurso político nos ha sumergido a todos en una suerte de tiricia colectiva que amenaza el estado democrático y la solidaridad de la especie ante la adversidad. La precariedad del pensamiento filosófico ante la eventual contradicción del aislamiento, soslaya los efectos y oculta las causas que dieron origen a las maliciosas políticas públicas que han sentenciado a los humanos a prescindir de cualquier muestra de afecto so pena de una muerte lenta y dolorosa.

La paradójica realidad pone a prueba el amor fraternal, incluso aquellos que están programados genéticamente para quererse, se acercan al límite de la tolerancia habitual. Sin duda de esta tragedia todos vamos a salir locos, endeudados  o muertos. Los gobiernos han sabido aprovechar la contingencia mundial para endeudarse y amenazar con suspender derechos consagrados en las leyes vigentes, nadie está por encima del interés colectivo y la sobrevivencia de la especie. Sin importar cuán recurrente sea la manifestación  de oprobio ante la rampante corrupción, el ciudadano esta inerme, pues debe conformarse para expresar su desaprobación por medios inadaptados a la presión social.

Las redes sociales constituyen el único vehículo que satisface las características mínimas necesarias para darle voz al ciudadano. El estado se reserva el derecho al uso de la violencia física y simbólica para amedrentar a los inconformes con las decisiones políticas de los impopulares gobernantes. Incluso en el mundo virtual el ciudadano inconforme corre el riesgo de ser aislado y estigmatizado como rebelde y una amenaza para la precaria estabilidad social. Cualquier expresión que desapruebe alguna acción gubernamental por absurda que resulte se tomará como una agresión a la sociedad, inmediatamente se es avasallado por una avalancha de disertaciones que convocan a la unidad ante la adversidad. El ominoso destino del mundo podría ser la aparición de dictaduras democráticas que bajo el argumento de proteger el frágil equilibrio de poder, se verán obligados a recurrir a la represión para salvaguardar el estado de las cosas.

Ningún gobierno que antes de la pandemia se encontrase con bajos niveles de popularidad desaprovechará la oportunidad para reconstituirse y presentarse ante la opinión pública como héroes de película para reconfortar sus ambiciones políticas. La sociedad se encuentra en cautiverio, el aislamiento favorece el sometimiento de la voluntad a los caprichos de personajes abyectos que no titubean en denigrar a las voces críticas. Los partidos políticos nacionales se encuentran extraviados y asustados, los otrora poderosos PAN Y PRI se encuentran liderados por personajes secundarios que accedieron a los órganos de dirección producto del desencanto y desasosiego que impera en los institutos políticos desde la humillación del pasado proceso electoral. Andrés Manuel López Obrador por su parte se encuentra instalado en la comodidad del viejo régimen priísta, el clientelismo y la dádiva garantizan la gratitud del llamado ¨pueblo bueno¨ que tanto admira y enaltece el presidente.

López Obrador se esfuerza por convencer a todos de que las cosas saldrán bien, que no hay nada que temer. Desafortunadamente, hace falta mucho más que una bien dotada transfusión de optimismo si se espera enfrentar con resultados favorables al enemigo silencioso que mantiene al mundo en ciernes. Las cosas no tendrían que ser distintas de otras latitudes, por mucho que la virgen de Guadalupe nos proteja con su manto sagrado, los habitantes de las demarcaciones geográficas más recónditas del país, ya saben qué hacer en caso de que nuestros peores miedos se vuelvan realidad.

Somos un país desprolijo y plagado de profundas desigualdades que se asumen como naturales y hasta inevitables en un sistema de competencia que favorece al más informado o a quien cuenta con mejores relaciones de complicidad. A medida que un mexicano accede a una mejor educación académica, también se amplían sus horizontes sociales, la búsqueda incesante del privilegio nos lleva de la mano como sociedad para consagrar la injusticia de un conglomerado de hipócritas y farsantes que solo en el discurso se manifiestan solidarios, pero en la realidad aguardan el infausto momento de vencer al vecino en estos modernos juegos del hambre.

No importan las filias políticas o las fobias ideológicas, México es terreno en disputa, el ciclo electoral que se repite impepinablemente para sostener la ficción de que somos un país democrático, está en grave riesgo, el reto del estado es hacer que todos los ciudadanos participen activamente en proteger los usos y costumbres. La nación es tradición.

En los próximos días, México se enfrentará a unos de los mayores retos de su historia en las peores condiciones posibles, un país dividido y con falsos arquetipos nacionalistas. La promesa de una transformación que no termina de consolidarse ni siquiera en la congruencia del discurso y una región importante del norte del país, peligrosamente influenciada por un experimento balcanizador. Las cosas como siempre, no pintan bien.

Gandhi Antipatro

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