Por: Mario Candia
Cuando Alana encontró a Gary
Los grandes blockbusters en los ochentas eran de dos tipos: el cine de ultra violencia representada casi siempre por antihéroes solitarios y musculosos y, el cine de los primeros amores (Teen Movies), representado invariablemente por gente blanca en universos llenos de privilegios. Estas cintas impusieron la moda de cómo vestirnos, de que música oír, de cómo ligar y toda una serie de clichés arbitrarios que produjeron una gran cantidad de estereotipos y de corazones rotos, tratar de imitar el estilo de vida del adolecente norteamericano derivaba siempre en un rotundo fracaso. Películas como Pretty in Pink (Deutch, 1986), The Breackfast Club (Hughes, 1985), Sixteen Candles (Hughes, 1984), St. Elmo´s Fire (Schumacher, 1985), Say Anything (Crowe, 1989) y Ferris Bueller´s Day Off (Hughes, 1986) entre otras, fueron quizá las más representativas de ese subgénero, las vimos en el cine de Plaza Las Américas, que ahora es una terraza de alitas y boneles, en los Cinemas del Valle que ahora es un restaurant bar o en los cines de Plaza Tangamanga, y uno salía de aquellas salas de cine con la esperanza de tener un romance idílico como el que veíamos en pantalla. Pero la vida tenía otros planes para la gran mayoría de nosotros. Emma Thompson hizo una importante declaración hace algunos días, ella dijo “A las mujeres nos han lavado el cerebro toda la vida para que odiemos nuestros cuerpos. Es un hecho”, “Todo lo que nos rodea nos recuerda lo imperfectas que somos y que todo está mal”. Esto es una gran verdad, y aplica justo para todos los que consumimos ese tipo de cine, las escusas para no atreverse a ligar iban desde, no tengo carro, no soy rubio, no soy guapo, no estoy fornido, no tengo dinero, etc. Esas películas romantizaban la exclusión, el body shaming, el bullying, la misoginia, el machismo y casi siempre retrataban a los “no blancos” como perdedores y principalmente como simpáticos pagafantas.
Ambientada en los setentas y con un poderoso soundtrack, el maestro Paul Thomas Anderson coloca su más reciente trabajo en este subgénero, Licorice Pizza (Anderson, 2021) un relato alejado del body shaming, con un discurso emocional, íntimo y provocador, me recordó a American Graffitti (Lucas, 1973) y a When Harry Met Sally (Reiner, 1989), desde un principio sabes que Alana y Gary se quedarán juntos, pero lo importante no es eso, lo que quiere la película de Thomas Anderson es contarnos anécdotas de lo divertido y a la vez complicado que es amar a quien tú quieres. La historia está contada en una década en la que no había teléfonos celulares, ni plataformas de ligues. El contexto es un personaje simbólico en el desarrollo de la trama, la crisis del combustible, el consumo de drogas, el mundillo de las agencias para actores en Los Ángeles, la moda de las camas de agua, los políticos de closet y la representación de la vida familiar en aquellos tiempos. Son justo esos detalles tan cuidados los que consolidan su nominación al Oscar.
En su narrativa Thomas Anderson elimina el bullying, despoja a los personajes de clichés retrogradas y en su lugar, los empodera. Cooper Hoffman hijo del extraordinario actor Philip Seymour Hoffman (1967-2014) interpreta a un Gary extrovertido pero ingenuo que romantiza el fracaso amoroso, sin perder de vista su objetivo principal: Alana, quién es interpretada por Alana Haim en el papel de una chica judía insatisfecha, convencida que lo merece todo y, como buena historia de amor, al principio rechaza a Gary pero al final terminan juntos. Inolvidables las breves apariciones de Tom Waitts, Sean Penn y Bradley Cooper, no pueden perderse esta película.













