Las Piedras del Jofre
Por El Jofrito
Si algún tema merece ya un lugar en el libro de los récords de San Luis Potosí, ese es El Realito. No porque sea una obra ejemplar ni porque haya resuelto el problema del agua en la capital, sino porque lleva años convirtiéndose en sinónimo de fugas, rupturas, promesas, sanciones, anuncios y, sobre todo, paciencia ciudadana. Ahora resulta que desde la Comisión Nacional del Agua analizan dos caminos: rescindir el contrato o exigir que la empresa concesionaria repare cerca de doce kilómetros del acueducto que, dicho sea de paso, parecen ser apenas una parte de una infraestructura que ha dado más dolores de cabeza que litros de agua. La presidenta Claudia Sheinbaum también puso el tema sobre la mesa. Reconoció que el sistema está concesionado y que incluso se estudia la posibilidad de que el Gobierno Federal asuma su operación. Mientras tanto, la prioridad es reparar lo indispensable para que el agua vuelva a llegar con cierta regularidad. Suena bien, el problema es que los potosinos llevan años escuchando exactamente lo mismo, aunque con distintos protagonistas. Cada administración promete ahora sí poner orden. Cada director anuncia estudios, mesas técnicas, revisiones jurídicas, sanciones millonarias y planes de rescate. Cambian los nombres, cambian los funcionarios, cambian los discursos… pero El Realito permanece fiel a su costumbre de romperse cuando menos se espera. Es una historia tan repetida que ya perdió capacidad de sorprender. La noticia dejó de ser que el acueducto falló; la verdadera noticia sería que funcionara doce meses consecutivos sin interrupciones. Y mientras en las oficinas se habla de concesiones, litigios y modelos de operación, la realidad es mucho más sencilla. Hay colonias donde abrir la llave se ha convertido en un acto de fe. Familias que ya no preguntan si habrá agua mañana, sino cuántos días durará la siguiente suspensión. Lo curioso es que todos parecen tener claro cuál es el problema, pero nadie termina de resolverlo. La empresa señala una cosa, las autoridades otra y, entre ambas versiones, los ciudadanos siguen comprando pipas, almacenando agua en tambos y modificando su rutina cada vez que el suministro desaparece. Quizá la discusión sobre quién debe operar El Realito sea importante desde el punto de vista administrativo. Pero para la gente ese debate resulta secundario. Al usuario poco le importa si el agua llega gracias a una concesionaria, al Gobierno del Estado o a la Federación. Lo único que espera es abrir la llave y que salga agua. Por eso cualquier anuncio debe ir acompañado de resultados y de plazos concretos. Porque los potosinos ya escucharon demasiadas veces que “ahora sí” habrá una solución definitiva. Y cada “ahora sí” terminó convertido en una nueva ruptura, otra reparación de emergencia y otro comunicado explicando por qué el servicio volverá… dentro de algunos días. Tal vez haya llegado el momento de dejar de administrar el problema y empezar, de una vez por todas, a resolverlo. Porque El Realito ya no necesita más conferencias, más diagnósticos ni más promesas. Necesita funcionar y esa, paradójicamente, parece haber sido siempre la parte más difícil.
En tiempos en los que las prisas parecen ganarle terreno a las costumbres, todavía existen lugares donde el calendario no lo marcan las redes sociales ni las tendencias pasajeras, sino las campanas del templo y las fiestas patronales. Uno de esos sitios es el Barrio Las Ánimas, en Tierra Nueva, donde cada julio la comunidad vuelve a encontrarse alrededor de una celebración que ha sobrevivido al paso de los años. Las fiestas en honor a la Virgen del Carmen son mucho más que un programa artístico. Son el pretexto perfecto para que regresen quienes viven fuera, para que las familias se reúnan, para que los niños disfruten de juegos y espectáculos, y para que los adultos revivan esos recuerdos.











