El Rapacejo
Por El Primo Feliciano
A través redes sociales, cibernautas comentan la reciente salida de Aaron Salvador Domínguez López de la Dirección de Comunicación Social en Santa María del Río, señalan que no cierra un capítulo: lo deja abierto. Su paso por el área no solo fue breve en términos administrativos, sino intenso en polémicas, tensiones internas y señalamientos que hoy obligan a mirar con más detalle cómo se ha manejado la comunicación institucional en el municipio. Desde su llegada —ligada al proceso electoral que llevó a Isis Ayde Díaz Hernández a la alcaldía— su perfil no pasó desapercibido. No fue un nombramiento técnico, sino político, respaldado por cercanías dentro de Morena. Durante la campaña, su rol fue claro: operar redes, posicionar narrativa y, según versiones que circularon desde entonces, recurrir a estrategias cuestionables como el uso de perfiles falsos para confrontar adversarios políticos. Uno de los episodios más recordados fue la difusión de un supuesto acto de agresión contra un actor político local, que terminó siendo señalado como montaje. Ya en funciones, lejos de consolidar un área estratégica, la Dirección de Comunicación Social se convirtió en un foco de desgaste. Los conflictos no fueron menores: disputas personales dentro del propio círculo del gobierno, tensiones con familiares de la alcaldesa e incluso un altercado físico con otro funcionario. El ambiente laboral, según versiones internas, derivó en solicitudes de cambio de personal y en una constante inestabilidad.
A la par, crecieron las dudas sobre la operación digital. Diversas páginas y perfiles —algunos abiertamente identificados, otros bajo anonimato— comenzaron a replicar una línea favorable al gobierno, al tiempo que atacaban voces críticas. Nombres distintos, pero dinámicas similares: publicaciones tendenciosas, confrontación directa y una narrativa que parecía coordinada. La línea entre comunicación institucional y propaganda digital se volvió difusa. En lo operativo, tampoco hubo señales de solidez. Errores en publicaciones oficiales, fallas básicas de redacción y episodios como la colocación incorrecta de “Pueblo Mágico” en un espacio público evidenciaron una falta de supervisión que difícilmente puede considerarse menor en un área encargada de la imagen gubernamental. A esto se sumaron versiones sobre presiones a medios para asegurar coberturas favorables, una práctica que, de confirmarse, refleja una relación poco transparente con la prensa. Pero quizá el punto más delicado no estuvo en lo visible, sino en lo administrativo. Fuentes internas apuntan a observaciones de la Auditoría Superior del Estado relacionadas con el perfil académico del entonces director, quien no cumpliría con los requisitos establecidos para el cargo. La cercanía de una nueva revisión habría acelerado su salida, más allá del discurso oficial de una renuncia voluntaria. Su partida deja más preguntas que respuestas. La estructura que queda en Comunicación Social tampoco escapa al escrutinio: perfiles sin formación especializada en un área clave, lo que abre el debate sobre la profesionalización del servicio público a nivel municipal. Y mientras tanto, surge otro elemento que no pasa desapercibido: la aparición de nuevos espacios digitales con características similares a los ya conocidos, lo que alimenta la duda sobre si la salida fue realmente un cierre o simplemente un cambio de forma. En Santa María del Río, la comunicación institucional parece seguir siendo terreno de disputa, más que de claridad. Pasará la actual administración a la historia, no por su buen tino para gobernar, sino por los desatinos y la polémica en la cual se ha visto inmersa. Nos leemos la semana próxima.











